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CHILE
PORLALIBRE
UN PADRE PARA CHILE
por Wilson Tapia
Villalobos, columnista de PORLALIBRE
24.10.05.-
Fue un acierto mediático. El presidente Ricardo Lagos
se anotó un buen punto al decir que Alberto Hurtado es
un nuevo padre de la Patria. Lo dijo en Roma, en horas previas
a la canonización del beato. No estoy seguro que al santo
le hubiera gustado el nombre. Tal vez, y yo estaría con
él, se habría sentido más cómodo
con ser sólo un padre. Un padre con un gran corazón
en el que cupieran todos los pobres. Pero la visión política
del estadista está bien. Son diferentes lenguajes. Como
distinto es el Chile que recibe la santificación, a aquel
que el padre Hurtado conoció en noches interminables
por allá por los años 40 del siglo pasado.
Hay
diferencias marcadas. Con seguridad, el fundador del Hogar de
Cristo se habría sentido incómodo con tanta parafernalia
a su alrededor. Con el tremendo despliegue mediático
que hizo la Iglesia Católica para sacar dividendos de
su figura. Sí, son otros tiempos. Ahora el espíritu
de emprendedor del Padre Hurtado habría tenido que subirse
en esta maquinaria demoledora que es la publicidad. La única
formar de lograr recursos para mantener las obras que estaría
impulsado. Pero, con seguridad, se las hubiera arreglado para
hacer todo más transparente y no transformar una santificación
en un show que mueve millones, cuyo destino jamás se
aclara.
Quizás también habría experimentado alguna
incomodidad con tanto homenaje que reafirma básicamente
dos cosas: que todos los muertos son buenos y que los santos
son mucho menos dañinos que los vivos comprometidos y
sensibles. Alberto Hurtado enfrentó la hostilidad de
lo que ahora llamaríamos poderes fácticos. Y,
lo que es aún peor, quienes intentaron castigarlo por
su compromiso con los pobres, utilizaron manos amigas de su
propia madre Iglesia.
Hoy, nada de eso se recuerda. Sacerdotes conservadores, junto
a católicos ricos, se refocilan con la aparición
de esta nueva estrella en el firmamento de la santidad. Poco
importa que él haya defendido el cristianismo como una
religión no sólo de almas, sino de hombres. De
seres humanos vivos que enfrentan una realidad y requieren de
esperanzas, de luces que le permitan avizorar algo de felicidad
en sus existencias. Por eso fue el cura trasnochador que rescataba
niños y menesterosos de las caletas bajo los puentes
del río Mapocho. No fue el pastor obsecuente que se conforma
con cuidar el rebaño seguro. Por eso, criticó
al Chile católico de los cuarenta. Mostró estadísticas
inquietantes. Según su visión, no más del
9% de las mujeres y no más del 3,5% de los hombres católicos
iban a misa los domingos. Y qué decir de su condena a
la inconsecuencia entre ser católico y no cumplir con
los pobres. Si hasta tuvo una perspectiva amplia y abierta para
comprender las demandas de los trabajadores. Llegó a
estimularlos a la sindicalización. Su cruzada enfrentaba
esencialmente a empresarios católicos ricos que, junto
con la jerarquía eclesiástica, trataban de aislarlo
y silenciar su mensaje. Hoy, el santo que tanta alegría
pública da a la conservadora curia chilena, seguramente
estaría condenado al ostracismo.
Esta es una característica que acompaña a buena
parte de los chilenos. Algunos le llamamos hipocresía.
Otros -como mi amigo Juan Pablo Cárdenas-, ven en ello
el germen de la corrupción. La hipocresía es el
fingimiento de cualidades o sentimientos y, especialmente, falsa
apariencia de virtud o devoción. Corromper es alterar,
dañar, echar a perder, pudrir. Es innegable que ambas
ideas se entrecruzan. Se enmarañan. Sobre todo en un
país como el nuestro, en que la afición a la ley
lo permea todo y lo camufla todo.
Y ya que estamos en esto, bueno sería posar la mirada
en las campañas políticas. Cada vez que se realiza
una –y seguramente esta no será excepción-
se escuchan voces de los diversos sectores pidiendo fiscalización.
Se han dictado leyes, pero todo el mundo se hace el leso. ¿O
me dirán que alguien respeta o hace respetar los plazos
para efectuar propaganda? Un juez de policía local de
Puerto Montt lo hizo y fue noticia nacional. Y para qué
hablar del financiamiento. Las normas existen, pero las cúpulas
políticas y económicas que manejan el poder prefieren
el silencio del acuerdo.
Si uno sigue escarbando llega muy lejos. Escucha, por ejemplo,
al abogado Pablo Rodríguez, y puede quedar convencido
que la generosidad internacional fue la responsable de que su
defendido, el capitán general (r) Augusto Pinochet, esté
padeciendo incomodidades legales. Como él, son muchos
los abogados que no defienden la ley y la justicia, sino que
se especializan en torcerle la nariz. Y eso, los chilenos lo
tenemos internalizado. Ni siquiera nos sorprende.
Cuando uno escucha a líderes empresariales hablar de
la necesidad de redistribuir la riqueza, puede pensar distintas
cosas. Creer que cayó al país de las maravillas
o que la frescura no tiene límites. Como si alguien los
obligara a concentrar la riqueza en sus manos. Algo similar
ocurre cuando oye a autoridades de gobierno diciendo que los
empresarios deben tener mayor sensibilidad social. Y alguno
con poder en el área de las finanzas tiene la genial
idea de que los empresarios deberían empezar por pagar
los impuestos. Como si no le correspondiera a él y a
los servicios bajo su férula hacer cumplir la ley que,
entre paréntesis, es válida –así
lo dice la Constitución, al menos- para todos por igual.
Y podríamos seguir con los medios de comunicación.
Esos que hablan de objetividad y que en cada uno de sus centímetros
o minutos audiovisuales, envían señales inequívocas
de su orientación ideológica o de requerimientos
de los grupos económicos a que pertenecen. Y si entramos
más en lo moral, las realidades siguen siendo apabullantes.
Los conservadores, empezando por la jerarquía eclesiástica
católica, llaman a la rebelión contra la píldora
del día después. Se horrorizan frente a 10 mil
estudiantes de Educación Media embarazadas y, por igual,
muestran su indignado rubor ante la campaña en pro del
uso del condón. Hasta ahora nadie se ha molestado por
la gran cantidad de moteles, que algunos suspicaces se atreven
a llamar hoteles parejeros, que ostenta Santiago. Si a ello
se suma un grueso número de apart hotel, resulta que
nuestra capital debe estar entre las de mayor concentración
de este negocio en América Latina. Me dirán que
eso es vida privada. Y tendrían toda la razón.
Pero no podemos cerrar los ojos que también es hipocresía.
Porque allí no van hombres solos o mujeres solas. Y tampoco
parejas que no tengan nada que esconder. O, ni siquiera, jóvenes
sin compromisos, porque éstos, generalmente no sólo
carecen de compromisos, sino también de plata.
Pura hipocresía. Es lo que vería el padre Hurtado.
Seguramente redoblaría sus esfuerzos en favor de los
pobres. Y no lo callarían con homenajes o con aislamiento.
Que lástima que sea sólo un santo. No puede protestar
si le manipulan la imagen. Pero desde aquí un agnóstico
lo saluda y reconoce la falta que hacen, entre los vivos, seres
humanos como él.//PLL
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es un medio electrónico editado por Paulina
Castro Cerruti y los corresponsales Hernán
Uribe en Chile, Ted Córdova Claure en Estados Unidos,
Ramiro Vinueza en Ecuador, Ernesto J. Navarro en Venezuela y
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Paulina Castro Cerruti
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